A nivel organizativo, la afluencia fue bastante elevada. Aunque no dispongo de cifras oficiales, calculo que había entre 30 y 40 personas por aula y aproximadamente unas ocho aulas habilitadas para la realización del examen.
La prueba constaba de 50 preguntas tipo test con cuatro opciones de respuesta. Cada acierto sumaba un punto y cada error restaba 0,25. Este sistema de penalización es relativamente favorable para el estudiante, ya que una corrección completamente ajustada al azar implicaría una penalización de aproximadamente 0,33 puntos por respuesta incorrecta.
En cuanto al contenido, el examen se ajustó bastante bien a las áreas que se indican en los criterios de evaluación y en la preparación previa: Psicopatología, Evaluación Psicológica, Intervención Psicológica, Psicología Clínica, Neuropsicología y Psicología de la Personalidad. Mi impresión fue que las preguntas estaban bastante bien repartidas entre todas las materias, sin que ninguna predominara claramente sobre las demás. Había preguntas muy específicas de evaluación psicológica, otras centradas en rasgos y teorías de la personalidad, así como cuestiones procedentes del resto de áreas.
Lo que más me llamó la atención fue la presencia de un número considerable de preguntas (conté aproximadamente 17) que, más que evaluar conocimientos teóricos concretos, parecían orientadas a valorar cómo actuaríamos como profesionales en determinadas situaciones. Por ejemplo, cómo reaccionar ante el llanto de un paciente durante una sesión, cómo gestionar cambios inesperados en la agenda o cómo actuar ante determinadas circunstancias que pueden surgir en la práctica clínica cotidiana.
En este tipo de preguntas observé un patrón frecuente: entre las opciones de respuesta solían aparecer alternativas claramente más autoritarias o directivas, otras más emocionales o centradas en la empatía, y algunas posiciones intermedias. Personalmente, tuve la sensación de que muchas de estas cuestiones no estaban formuladas con suficiente nivel de detalle como para identificar una única respuesta inequívocamente correcta, lo que hacía que, en ocasiones, parecieran valorar más el criterio profesional o el estilo personal de intervención que el conocimiento teórico puro.
Dicho esto, algunas de estas preguntas sí incluían situaciones que podían relacionarse con conocimientos técnicos o aspectos protocolarios propios del ejercicio profesional (por ejemplo, la actuación ante indicios de riesgo suicida), por lo que no todas podían considerarse exclusivamente preguntas de “personalidad”.
En conjunto, mi impresión es que fue un examen equilibrado en cuanto a contenidos, con una combinación de preguntas de conocimiento específico y otras más orientadas al juicio profesional y la toma de decisiones en contextos clínicos.